Cada 23 de febrero la Iglesia recuerda a San Policarpo, obispo y mártir de la Iglesia primitiva, nacido alrededor del año 70 en Esmirna, antigua provincia del imperio romano, hoy parte de Turquía.

Es probable que Policarpo haya nacido en el seno de una familia convertida al cristianismo y que haya recibido el don de la fe desde temprano. Curiosamente, su nombre, “Policarpo”, quiere decir en griego “el que produce muchos frutos”, algo que sin duda enaltece la forma en que vivió.

Este santo es considerado uno de los tres Padres Apostólicos, al lado de Clemente de Roma e Ignacio de Antioquía.

De acuerdo a abundantes testimonios de la época, San Policarpo fue discípulo del Apóstol San Juan, cuya guía espiritual fue determinante para que alcanzara un profundo conocimiento de las enseñanzas de Cristo.

El legado apostólico recibido fructíficó también en su obra pastoral. De hecho, a Policarpo se le cuenta entre los obispos más famosos de los primeros siglos. Y no sin razón; además de su cercanía con San Juan, tuvo como discípulos a santos de la talla de San Ireneo de Lyon y San Papías.

Como ambos no lograron ponerse de acuerdo, decidieron seguir cada uno con su datación tradicional y, más bien, permanecer unidos en la caridad. También sabemos por Eusebio que Policarpo fue el receptor de las cadenas con las que sujetaron a San Ignacio de Antioquía camino del martirio, y de una carta suya que cobraría gran importancia entre los primeros cristianos.

Entrega en el amor

El martirio de San Policarpo se produjo el 23 de febrero del año 155. Aquel día el santo fue llevado ante el procónsul Decio Quadrato, quien le ofreció perdonarle la vida si renunciaba al cristianismo. San Policarpo se negó y fue condenado a la hoguera.

“Me amenazas con fuego que dura unos momentos y después se apaga. Yo lo que quiero es no tener que ir nunca al fuego eterno que nunca se apaga”, fueron las palabras del santo, registradas en las actas de su martirio. Finalmente, sus verdugos tomaron la decisión de atravesarle el corazón con una lanza.